Orlando

Orlando

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Amid life’s weary chain,

But I have spoken hallow’d words,

Oh, do not say in vain!

Will the young maiden, when her tears,

Alone in moonlight shine,

Tears for the absent and the loved,

Murmur[4].

escribió sin parar mientras Bartholomew y Basket, gruñendo y rezongando por el cuarto, atizaban el fuego y levantaban los muffins.

De nuevo mojó la pluma, y la pluma escribió:

She was so changed, the soft carnation cloud

Once mantling o’er her cheek like that which eve

Hang o’er the sky, glowing with roseate hue,

Had faded into paleness, broken by

Bright burning blushes of the tomb[5].

pero al llegar ahí, bruscamente, Orlando volcó la tinta sobre la página y la ocultó a los ojos humanos, ojalá para siempre. Se quedó toda avergonzada, toda temblando. Nada más repugnante que esas incontinencias de la tinta, en cascadas de involuntaria inspiración. ¿Qué le pasaba? ¿Sería la humedad, sería Basket, sería Bartholomew, qué sería?, se preguntó. Pero no había nadie en el cuarto. Nadie le respondió, salvo que el gotear de la lluvia en la enredadera fuera una respuesta.


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