Orlando
Orlando «Después de todo —pensó, levantándose y yendo a la ventana—, nada ha cambiado. La casa, el jardÃn, son precisamente lo que eran. No han movido una silla, no han vendido un adorno. Ahà están los mismos senderos, el mismo césped, los mismos árboles y el mismo estanque, donde viven, lo jurarÃa, las mismas carpas. Es verdad, que ahora ocupa el trono la Reina Victoria y no la Reina Isabel, pero qué diferencia…».
Apenas formuló este pensamiento, la puerta se abrió de par en par, como refutándola y entró Basket, el mayordomo, seguido por Bartholomew, el ama de llaves, para retirar el té. A Orlando, que habÃa mojado la pluma en el tintero y estaba por desarrollar algunas ideas sobre la eternidad de todas las cosas, le fastidió muchÃsimo un borrón que se corrió bajo su pluma. La culpa la tenÃa la pluma, pensó; estarÃa sucia o quebrada. La mojó de nuevo. El borrón se agrandó. Trató de proseguir: no se le ocurrió una sola palabra. Se puso a decorar el borrón con alas y patillas hasta convertirlo en un monstruo de cabeza redonda, entre comadreja y murciélago. Apenas hubo dicho Imposible cuando, a su gran sorpresa y alarma, la pluma se puso a virar y a caracolear con extraordinaria fluidez. Pronto quedó cubierta su página por una cuidadosa y oblicua escritura italiana. Eran versos, los más insÃpidos que habÃa leÃdo en su vida.
I am myself but a vile link