Orlando
Orlando El color se aquietó al fin en sus mejillas y parecía que el Genio de la Época —si es que hay un Genio de la Época— se hubiera sosegado. Orlando se llevó la mano al seno, como en busca de un medallón o de alguna reliquia de amor perdido, y no sacó ninguna de esas cosas, sino un manuscrito enrollado, manchado por el mar, la sangre y los viajes: el manuscrito de su poema «La Encina». Lo había llevado consigo tantos años, y en circunstancias tan azarosas, que muchas páginas estaban manchadas, algunas rotas, y la carencia de papel entre los gitanos la había forzado a aprovechar los márgenes y cruzar las líneas hasta que el manuscrito parecía un zurcido prolijo. Volvió a la primera página y leyó la fecha 1586, en la antigua letra de colegial. ¡Casi trescientos años que estaba trabajándolo! Ya era tiempo de concluirlo. Empezó a hojear, a leer, a saltear, ¡qué poco había cambiado en tantos años! Había sido un muchacho melancólico, enamorado de la muerte, como son los muchachos, y después amoroso y exuberante; y después travieso y burlón; y a veces había ensayado la prosa, y a veces el drama. Pero a través de todos esos cambios, ella no había cambiado. Siempre el mismo carácter pensativo y reconcentrado, idéntico amor por la naturaleza y los animales, idéntica pasión por el campo y las estaciones.