Orlando

Orlando

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A veces los dedos del pie le hormigueaban; a veces la médula. Tenía sensaciones rarísimas en el fémur. Sus pelos parecían eréctiles. Sus brazos vibraban y zumbaban como vibrarían y zumbarían los alambres telegráficos, veinte años después. Pero toda esa agitación acabó por concentrarse en sus manos; y luego en una mano, y luego en un anillo de sensibilidad temblorosa alrededor del dedo segundo de la mano izquierda. Cuando lo examinó para descubrir el por qué de esa agitación, no vio nada. Nada, sino la vasta esmeralda solitaria que le había regalado la Reina Isabel. ¿No era eso bastante?, se preguntó. Era el agua más pura. Valía diez mil libras, a lo menos. Del modo más extraño la vibración parecía estarle diciendo (pero recuerden que tratamos aquí con las más oscuras manifestaciones del espíritu humano): «No, no es bastante»; y asumía, además, un tono de interrogación, como si preguntara: «¿qué significa este descuido singular, este hiato?», hasta que la pobre Orlando se sintió de veras avergonzada del dedo segundo de su mano izquierda, sin sospechar por qué. En ese momento entró Bartholomew a preguntarle qué vestido deseaba para la noche, y Orlando, cuyos sentidos estaban alerta, miró inmediatamente la mano izquierda de Bartholomew y percibió inmediatamente lo que jamás había notado —un grueso anillo de un amarillo bilioso, en el tercer dedo. En su propia mano ese dedo estaba desnudo.


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