Orlando
Orlando —Muéstreme su anillo, Bartholomew —dijo, estirando la mano para que se lo diera.
Bartholomew obró como si un bandido la hubiera golpeado en pleno pecho. Retrocedió unos pasos, cerró el puño y lo retiró con un gesto lleno de nobleza.
—No —dijo, con resuelta dignidad; que Su Señoría lo mirara cuanto quisiera, pero sacarle un anillo de boda, eso no lo conseguiría ni el Arzobispo, ni el Papa, ni la Reina Victoria en su trono. Hacía veinticinco años, seis meses y tres semanas que su Thomas se lo puso en el dedo; había dormido, había trabajado, había rezado, había lavado con él, y quería que la enterraran con él. De hecho, Orlando creyó entender (pero su voz estaba quebrada por la emoción) que el fulgor de su anillo de boda le aseguraría su lugar entre los ángeles y que su lustre se empañaría para siempre si se lo sacaba un solo segundo.
—Dios nos asista —dijo Orlando en la ventana, mirando las palomas hacer de las suyas—, en qué mundo vivimos. ¡Qué mundo es éste!