Orlando

Orlando

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Sus complejidades le azoraban. Ahora le parecía que el mundo estaba anillado de oro. Fue a una comida. Pululaban los anillos de boda. Fue a la iglesia. Anillos de boda por todos lados. Salió en coche. De oro o enchapados, delgados, gruesos, lisos, pulidos, ardían apagadamente en todas las manos. Estaban atestadas las joyerías, no de las piedras falsas y los diamantes que Orlando recordaba, sino de bandas lisas sin una piedra. Simultáneamente, advirtió una nueva costumbre entre los aldeanos. Antes, no era raro sorprender a un muchacho jugando con una muchacha al amparo de un cerco. Orlando, riendo, había rozado muchas de esas parejas con la punta del látigo y había pasado de largo. Ahora, todo eso había cambiado. Las parejas andaban y marchaban en medio del camino eslabonadas indisolublemente. La mano derecha de la mujer estaba siempre entrelazada a la izquierda del hombre que le apretaba con firmeza los dedos. No se inmutaban hasta que los hocicos de los caballos se les venían encima, y entonces se movían de una pieza, pesadamente, a un lado de la calle. Orlando sólo atinaba a suponer que se había operado alguna innovación en la raza; que esa gente estaba soldada una con otra, por parejas, pero no adivinaba quién lo había hecho y cuándo. No era, por cierto, la Naturaleza.




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