Orlando

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Miró las palomas, los conejos y los sabuesos y no advirtió que la Naturaleza hubiera cambiado sus hábitos, o se hubiera enmendado, al menos desde el tiempo de Isabel. Era evidente que no había alianzas indisolubles entre los animales. ¿Serían entonces la Reina Victoria o Lord Melbourne? ¿Arrancaría de ellos el gran descubrimiento del matrimonio? Pero a la Reina, meditó, le gustaban los perros, y a Lord Melbourne, oyó, le gustaban las mujeres. Era raro, era desagradable; lo cierto es que algo había en esa indisolubilidad de los cuerpos que repugnaba a su sentido de higiene y de decencia. Sus especulaciones, sin embargo, iban acompañadas de tal hormigueo y vibración del dedo afectado, que apenas las podía gobernar. Se ponían tiernas y hacían ojos como las fantasías de una mucama. La obligaban a sonrojarse. No había otro remedio que adquirir uno de esos horribles círculos y usarlo como todo el mundo. Eso fue lo que hizo, ajustándolo, muerta de vergüenza, en su dedo, detrás de una cortina; pero del todo en vano. Perduró el hormigueo con más violencia, con más indignación que nunca. No pegó los ojos en toda la noche. A la mañana siguiente, cuando se puso a escribir, no se le ocurrió nada y la pluma hacía lacrimosos borrones, uno tras otro, o se perdía —lo que era todavía más alarmante— en efusiones melifluas sobre la muerte prematura y la corrupción, lo que era mucho peor que no ocurrírsele nada. Porque parece —su caso era una prueba— que escribimos, no con los dedos, sino con todo nuestro ser. El nervio que gobierna la pluma se enreda en cada fibra de nuestro ser, entra en el corazón, traspasa el hígado. Aunque el asiento de su mal parecía más bien la mano izquierda, se sentía envenenada de parte a parte, y tuvo, finalmente, que encarar el último recurso: ceder y someterse al Espíritu de la Época, y elegir un marido.


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