Orlando
Orlando Ya hemos dado a entender que eso era contrario a su carácter. Al apagarse el rumor de la carroza del Archiduque el grito que ascendió a sus labios fue: «¡La vida, un amante!». No: «¡La vida, un marido!», y para alcanzar ese fin, había ido a la ciudad y había recorrido el mundo, como el capítulo anterior lo demuestra. Tan indomable es el Espíritu de la Época, que derriba a quien trata de oponérsele, con más violencia que a los que comparten su rumbo. Orlando había propendido, naturalmente, al espíritu isabelino, al espíritu de la Restauración, al espíritu del siglo XVIII, y, por consiguiente, apenas había notado el cambio de una época a otra. Pero el espíritu del siglo XIX le era muy antipático, y por eso la tomó y la quebró y ella se sintió derrotada como nunca se había sentido. Es probable que el espíritu humano tenga asignado su lugar en el tiempo: unos nacen de este siglo, otros de aquél, y ahora que Orlando era una mujer hecha y derecha, de treinta y uno o treinta y dos años, ya las líneas de su carácter estaban firmes y era intolerable que las desviaran.