Orlando
Orlando Asà estaba lóbregamente en la ventana de la sala (tal era el nombre que Bartholomew daba a la biblioteca), tironeando por el peso del miriñaque, que habÃa tenido la sumisión de adoptar. Era el vestido más pesado y estúpido de cuantos se habÃa puesto en la vida. Ninguno como aquél para trabar sus movimientos. Ya no podÃa andar por el jardÃn, a grandes pasos con sus perros, o correr al cerro y tirarse bajo la encina. Sus faldas juntaban paja y hojas húmedas. La brisa le querÃa llevar el sombrero con plumas. Los finos zapatos se empapaban y se enfangaban. Sus músculos habÃan perdido su elasticidad. La ponÃa muy nerviosa el temor de ladrones escondidos detrás del maderamen y tuvo miedo, por primera vez en su vida, de fantasmas en los corredores. Esas cosas la indujeron a aceptar el nuevo descubrimiento —de la Reina Victoria o de quien fuese— de que a cada hombre y cada mujer le corresponde vitaliciamente otro, que lo mantiene, o que tiene que mantener, hasta que los separe la muerte. Qué consuelo (pensó) apoyarse, sentarse, sÃ, acostarse; nunca, nunca, nunca volverse a levantar. Asà obraba en ella el espÃritu, a pesar de su antiguo orgullo, y al bajar por la escala de la emoción a esa morada desacostumbrada y humilde, esas discordias y zumbidos que habÃan sido tan capciosos y preguntones se resolvieron en dulcÃsimas melodÃas, como si una armonÃa seráfica agitara todo su ser.