Orlando

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«¡Ah! —suspiró hundiendo con delicia la cabeza en su espinosa almohada—. Muchos años he buscado la felicidad y no la he encontrado; la fama y la he perdido; el amor y no lo he tocado; la vida —y la muerte es mejor. He conocido muchos hombres y muchas mujeres —continuó—. No he entendido a ninguno. Más vale que me quede aquí, en paz, bajo el solo cielo —como el gitano me dijo hace tantos años. Eso pasó en Turquía». Y miró exactamente arriba la prodigiosa espuma de oro en que se habían desleído las nubes, y vio un camino, y camellos en fila atravesando el desierto de piedra entre nubes de polvo colorado; y luego, después del paso de los camellos, no había más que montañas altísimas y llenas de grietas con picos de roca y creyó escuchar esquilas de cabras en los pasos. Y en los repliegues había campos de iris y de gencianas. Así cambió el ciclo, y sus ojos fueron bajando hasta alcanzar la tierra oscurecida por la lluvia y ver la enorme giba de los South Downs, fluyendo en una ola sobre la costa; y donde se acababa la tierra, empezaba el mar, con barcos que pasaban; y creyó oír un cañonazo, lejos, mar adentro, y pensó primero: «Es la Armada Invencible —y pensó después—: No, es Nelson», y luego recordó que ya habían pasado esas guerras y que los barcos eran atareados barcos mercantes; y las velas en el sinuoso río eran de barcos de excursión. Vio, también, hacienda desparramada en los campos oscuros, vacas y ovejas, y vio encenderse las luces aquí y allá en las ventanas de las granjas, y linternas moviéndose entre el ganado al hacer sus rondas el pastor y el vaquero; y luego se apagaron las luces y las estrellas ascendieron y se entreveraron en el cielo. Se estaba quedando dormida con las plumas mojadas sobre la cara y el oído contra el suelo, cuando oyó, muy adentro, un martillo sobre un yunque, ¿o sería el latido de su corazón?


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