Orlando
Orlando Tic-toc, tic-toc, así martillaba, así latía el yunque o el corazón en el centro de la tierra, hasta que al escuchar le pareció que era más bien el trote de un caballo, uno, dos, tres, cuatro, contó; después oyó un tropezón; después, a medida que se acercaba, oyó el quebrarse de una ramita y la sucesión de los cascos por el blanco pantano. El caballo se le venía encima; Orlando se incorporó. Destacándose oscuro contra el cielo rayado de amarillo del amanecer, con los faisanes cayéndose y levantándose alrededor, vio un hombre a caballo. El hombre se sobresaltó. Se paró el caballo.
—Señora —gritó el hombre, echando pie a tierra—, ¡usted está herida!
—Estoy muerta, señor —le contestó.
Minutos después estaban comprometidos.
Al día siguiente, al sentarse a almorzar, le dijo su nombre. Era Marmaduke Bonthrop Shelmerdine, Esquire.
—¡Lo sabía! —dijo ella, pues algo caballeresco y romántico, apasionado, melancólico y resuelto había en él, que iba bien con el desaforado nombre de oscuro plumaje —nombre que tenía para ella el resplandor azul y acerado de las alas de los grajos, la risa ronca de un graznido, la sinuosa caída serpentina de sus plumas en un estanque de plata y mil otras cosas que describiremos después.