Orlando
Orlando —El mÃo es Orlando —dijo ella. Él lo habÃa adivinado. Porque si uno ve un barco a toda vela, todo bañado de sol, atravesando con soberbia el Mediterráneo, desde los mares del Sur, uno en seguida dice: «Orlando», explicó. En efecto, aunque su relación habÃa sido tan corta, ya habÃan adivinado, como siempre acontece entre enamorados, lo fundamental de uno y otro, y sólo les faltaban algunos detalles insignificantes como el domicilio y el nombre, el saber si eran pordioseros o gente rica.
Él tenÃa un castillo en las Hébridas, pero estaba en ruinas, le dijo. En el comedor, comÃan las gaviotas. HabÃa sido soldado y marino y explorador del Oriente. Ahora iba a Falmouth a embarcarse en su bergantÃn, pero habÃa caÃdo el viento y sólo podrÃa hacerse a la mar cuando el vendaval soplara del Sudoeste. Orlando, por la ventana del comedor, se apresuró a mirar el leopardo dorado de la veleta. Felizmente, la cola señalaba el Este y estaba firme como una roca.
—Oh, Shel, no me dejes —gritó—. Te quiero con pasión —dijo. No habÃan salido de su boca esas palabras cuando una terrible sospecha los invadió.
—Shel, eres una mujer —dijo ella.
—Orlando, eres un hombre —dijo él.