Orlando
Orlando —Shel, mi alma —recomenzó—, dime… —y asà hablaron dos horas o más, quizá sobre el Cabo de Hornos, quizá no, y en verdad, serÃa de muy poco provecho escribir cuanto se dijeron, porque ya se conocÃan tan bien que se podÃan decir cualquier cosa, lo que equivale a no decir nada o a decir cosas tan estúpidas y vulgares como el mejor procedimiento para hacer una tortilla, o dónde comprar el mejor calzado en Londres, cosas que, fuera de su marco, no tienen brillo, pero que, dentro de él, son de una pasmosa hermosura. Porque una sabia disposición de la naturaleza ha determinado que nuestro espÃritu moderno casi pueda prescindir del lenguaje: las expresiones más comunes bastan, ya que ninguna expresión basta; por eso la conversación más vulgar es a menudo la más poética, y la más poética es precisamente la que no se puede escribir. Por esas razones dejamos aquà un gran espacio en blanco, lo que es señal de que el espacio está repleto.
Después de algunos dÃas más de esta clase de diálogo, «Orlando, queridÃsima», empezó Shel, cuando hubo afuera un altercado, y el mayordomo Basket entró con la noticia de que abajo habÃa dos vigilantes con una sentencia de la Reina.