Orlando
Orlando —Ya a un hombre no le queda otro quehacer —dijo avergonzado, sirviéndose grandes cucharadas de dulce de frutillas. La visión que ella tuvo acto continuo, de ese niño (porque casi lo era), chupando pastillas de menta —que le encantaban— mientras se astillaban los mástiles y tropezaban las estrellas y él rugÃa breves órdenes de romper esa amarra, y de arrojar ese timón por la borda, le llenó los ojos de lágrimas, notó, de un sabor más fino que cuantas habÃa vertido hasta entonces. «Soy una mujer —pensó—, una mujer de veras, al fin». Agradeció a Bonthrop desde el fondo de su corazón el haberle dado ese inesperado y raro deleite. Si no hubiera estado renga del pie izquierdo, se hubiera sentado en sus rodillas.