Orlando
Orlando —Los pleitos están fallados —leyó…— algunos a mi favor, como por ejemplo… otros no. El matrimonio turco, anulado (yo era Embajador en Constantinopla, Shel —le explicó—). Los hijos declarados ilegÃtimos (decÃan que yo tuve tres de Pepita, bailarina española). De modo que no heredan, lo que siempre es una ventaja… ¿Pero? ¡Ah!, ¿qué resuelven del sexo? Mi sexo —recitó con alguna solemnidad—, se declara indiscutiblemente, y sin asomo de duda (¡qué no te decÃa yo hace un momento, Shel!), femenino. Las propiedades, que no han sido confiscadas a perpetuidad, pasan a los sucesores varones, o a falta de casamiento —pero aquà se aburrió de esa jerigonza jurÃdica, y dijo—, pero no habrá ninguna falta de casamiento ni de sucesores, asà que el resto, se puede dar por leÃdo. —Con lo cual estampó su propia firma junto a la de Lord Palmerston y entró inmediatamente en legÃtima posesión de sus tÃtulos, su casa y propiedades —tan reducidas ahora, por los gastos prodigiosos de los litigios, que a pesar de ser otra vez noble indefinidamente, era también pobrÃsima.
Cuando se supo el resultado del pleito (y los rumores corren con mayor velocidad que el telégrafo, que los ha suplantado), la ciudad entera se llenó de festejos.