Orlando

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[Se ataron coches con el solo propósito de pasear los caballos. Landos y cabriolés vacíos desfilaron perpetuamente por la Calle Mayor. Se leyeron mensajes desde la Hostería del Toro. Se contestaron desde la Hostería del Ciervo. Se iluminó la ciudad. Se depositaron cofres de oro, sellados, en cajas de vidrio. Debidamente se colocaron monedas bajo piedras fundamentales. Se fundaron hospitales. Se inauguraron canchas de bochas. Mujeres turcas por docenas fueron quemadas en efigie, en la plaza, acompañadas de veintenas de muchachos aldeanos, con tamaño rótulo: «soy un vil Impostor», colgando de la boca. Pronto se vieron los petizos tordillos de la Reina, al trote por la avenida, con orden de que Orlando cenara y durmiera en el Castillo, esa misma noche. Su mesa, como en una ocasión anterior, había desaparecido bajo las muchas invitaciones de la Condesa de R.; de Lady C.; de Lady Palmerston; de la Marquesa de P.; de Mrs. W. E. Gladstone, y de otras, solicitando el honor de su compañía, recordando antiguas alianzas con su familia, etc.] todo lo cual se incluye, como es debido, entre dos corchetes, por la suficiente razón de que constituyen un mero paréntesis en la vida de Orlando. Ella lo salteó para proseguir con el texto. Porque mientras chisporroteaban las fogatas en el mercado, ella estaba sola con Shelmerdine en los bosques oscuros. Tan hermoso era el tiempo, que los árboles extendían inmóviles su ramaje, y si caía una sola hoja se desprendía moteada de rojo y oro, con tanta lentitud que uno podía seguirla media hora temblando y descendiendo hasta reposar, al final, sobre el pie de Orlando. «Cuéntame, Mar», solía decir, y aquí debemos explicar que cuando lo llamaba por la primera sílaba de su primer nombre, estaba en un temple soñador, sumiso, amoroso, doméstico, un poco lánguido, como si ardieran leños perfumados, y fuera de tarde, antes de la hora de vestirse, tal vez un poco húmedo, lo bastante para que las hojas brillaran, pero con algún ruiseñor cantando entre las azaleas, dos o tres perros ladrando en granjas lejanas, y el alerta de un gallo; todo lo cual el lector debe imaginar en su voz. «Cuéntame, Mar —solía decir—, del Cabo de Hornos». Entonces Shelmerdine trazaba un planito en el suelo, con ramas y hojas secas y uno o dos caracoles vacíos.


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