Orlando
Orlando «Aquà está el norte —le decÃa—. Ahà está el sur. El viento sopla más o menos de aquÃ. El bergantÃn navega hacia el oeste; acabamos de arriar la vela de mesana; y ya ves, aquÃ, donde está ese pastito, entra la corriente que encontrarás marcada. ¿Dónde están el mapa y la caja de compases, contramaestre? ¡Ah!, gracias, ahà donde está el caracol. La corriente lo toma por estribor, de suerte que debemos aparejar el foque o nos arrastrará a babor, que es donde está esa hoja de haya —porque comprenderás, querida» —y de ese modo proseguÃa, y ella escuchaba cada palabra, interpretándola correctamente, hasta llegar a ver, sin que tuviera él que decÃrselo, la fosforescencia en las olas, el hielo crujiendo en los obenques; cómo subió a la punta del mástil, en un vendaval; cómo reflexionó ahà arriba en el destino humano; cómo volvió a bajar, tomó un whisky con soda, bajó a tierra; fue atrapado por una negra, se arrepintió, discutió el asunto, leyó a Pascal, determinó escribir filosofÃa, se compró un mono, especuló sobre el verdadero fin de la vida, se resolvió en favor del Cabo de Hornos, etcétera, etcétera. Todas estas cosas y miles de otras, ella lo adivinó, y asÃ, cuando ella contestaba: «SÃ, las negras son de lo más atrayente, ¿no es verdad?» al dato de que la provisión de galleta tocaba a su fin, Bonthrop se quedaba encantado y sorprendido de que ella lo interpretaba tan bien.