Orlando
Orlando Así conversaban: y luego cuando sus pies estaban bien cubiertos de moteadas hojas de otoño, Orlando se ponía de pie y se internaba en el corazón de los bosques, dejando a Bonthrop sentado entre los caracoles, trazando sus planitos del Cabo de Hornos. «Bonthrop —le decía—, me voy», y cuando lo llamaba por su segundo nombre «Bonthrop», el lector debe comprender que ella quería estar sola: que los sentía a los dos como puntos en un desierto; que sólo quería hacer frente a la muerte; porque la gente muere cada día, se mueren en la mesa, o así, en los bosques otoñales; y con las hogueras chisporroteando y Lady Palmerston o Lady Derby convidándola a cenar cada noche, el deseo de la muerte la dominaba, y al decir «Bonthrop —decía efectivamente— estoy muerta», y se abría camino como se lo abriría un fantasma entre las hayas pálidas como espectros y se internaba profundamente en la soledad como si ya se hubiera cumplido el breve chisporroteo de rumor y de movimiento y ella estuviera en libertad de elegir su camino —todo lo cual el lector deberá escuchar en su voz cuando ella diga «Bonthrop», y conviene que añada, para mejor iluminar la palabra, que también para él debe significar, místicamente, separación y soledad y los fantasmas recorriendo el puente de un bergantín en mares insondados.