Orlando

Orlando

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Después de algunas horas de muerte, un grajo bruscamente gritó «Shelmerdine» y Orlando se inclinó y recogió uno de esos azafranes de otoño, que significan para algunas personas esa misma palabra y lo puso en su pecho al lado de la pluma del grajo que había rodado azul por el bosque de hayas. Entonces llamó «Shelmerdine» y la palabra rebotó por los bosques hasta golpearlo donde estaba, haciendo modelos con caracoles en la hierba. La vio, y la oyó acercarse, con el azafrán y la pluma de grajo en el pecho, y gritó «Orlando», lo que significaba (y no hay que olvidar que el azul y el amarillo vivos al combinarse en nuestros ojos, no dejan de saturar nuestro pensamiento) la agitación y el temblor de la maleza como si algo se abriera camino; y ese algo fuera un barco a toda vela, virando y cabeceando como en sueños, como si tuviera un año íntegro de días de verano para cumplir su viaje; y así el barco se acerca, oscilando a izquierda y derecha con nobleza y con indolencia y cabalga sobre la cresta de esa ola y asciende en el hueco de esa otra, y de pronto está encima de uno (que lo mira desde un barquito perdido) con las velas temblando, y de golpe todas caen sobre el puente —como Orlando, ahora, cayó junto a él en el césped.




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