Orlando
Orlando Orlando ahora efectuó en el espíritu (porque todo esto aconteció en el espíritu) una gran reverencia al Espíritu de su Época, idéntica a la que hace un viajero —para comparar cosas grandes con pequeñas— sabedor de que lleva un atado de cigarros en un rincón de su valija, al vista de aduana que servicialmente ha dibujado en la tapa un garabato de tiza. Orlando sospechaba que si el espíritu hubiera revisado con prolijidad el contenido de su mente, hubiera descubierto algún contrabando gravado con la multa más alta. Se había escapado raspando. Había conseguido, por una diestra concesión al Espíritu de la Época, por las acciones de ponerse un anillo y encontrar a un hombre en un pastizal, por el amor de la naturaleza, o por no ser satírica, cínica o psicológica —efectos que hubieran sido descubiertos a primera vista—, pasar bien su examen. Dio un gran suspiro de alivio con todo derecho, pues la transacción entre un escritor y el Espíritu de la Época es de infinita delicadeza, y la fortuna de sus obras depende de un buen arreglo entre los dos. Orlando había ordenado las cosas de tal manera que su situación era muy feliz: no necesitaba atacar su época ni someterse a ella; era de ella, pero seguía siendo la misma. Por consiguiente podía escribir, y escribió. Escribió, escribió, escribió.