Orlando

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Sumergió la pluma en el tintero. A su enorme sorpresa no hubo explosión. Sacó la pluma. Estaba mojada, pero sin chorrear. Escribió. Las palabras tardaban un poco, pero llegaban. ¿Tendrían algún sentido?, pensó, aterrada de que la pluma volviera a sus involuntarias andanzas. Leyó:

Y entonces llegué a un campo en que al pasto vivo,

lo oscurecían las copas colgantes de las fritilarias,

hoscas y forasteras, de flor tortuosa,

coronadas de oscura púrpura, como egipcias.

Al escribir sintió que una fuerza (recuerden que tratamos con las más oscuras manifestaciones de la mente humana) leía sobre un hombro, y cuando hubo escrito «como egipcias» la fuerza le ordenó que se detuviera. «El pasto», parecía decir esa fuerza, midiendo con una regla como hacen al principio las maestras, está bien: las copas colgantes de las fritilarias —admirable; la flor tortuosa —una idea, quizá algo fuerte para la pluma de una dama, pero sin duda autorizada por Wordsworth; pero —¿egipcias? ¿Son necesarias las egipcias? ¿Usted dice tener un marido en el Cabo de Hornos? Muy bien, pueden pasar.

Así la examinó el espíritu.


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