Orlando
Orlando Habló asÃ, en voz alta y con más solemnidad de la acostumbrada, como para que la oyera alguien cuya opinion fuera importante. Le preocupaba —ahora que podÃa coordinar sus ideas— el posible efecto de su conducta sobre el EspÃritu de la Época. Anhelaba saber si su compromiso con Shelmerdine y su boda contaban con su aprobación. Sin duda se sentÃa restablecida. El dedo no se le habÃa acalambrado, o apenas, desde aquella noche en el pastizal. Sin embargo, imposible negar que tenÃa sus dudas. Estaba casada, es verdad, pero si su marido siempre estaba doblando el Cabo de Hornos, ¿era eso casamiento? Si uno lo querÃa, ¿era eso casamiento? Si uno querÃa a otras personas, ¿era eso casamiento? Y por último, si uno seguÃa deseando escribir versos, más que nada en el mundo, ¿era eso casamiento? Orlando tenÃa sus dudas.
Determinó ponerlo a prueba. Miró el anillo. Miró el tintero. ¿Se animarÃa? No, no se animaba. Pero tenÃa que animarse. No, imposible. ¿Qué hacer entonces? Desmayarse, tal vez. Pero en su vida se habÃa sentido mejor.
—¡Al diablo con todo! —gritó, con algo de su antigua energÃa…— ¡Allá va!