Orlando
Orlando Orlando entró. Todo estaba muy quieto. Había un gran silencio. Ahí estaba el tintero, ahí la pluma; ahí el manuscrito de su poema, con su tributo a la Eternidad a medio hacer. Había estado a punto de decir, cuando Basket y Bartholomew la interrumpieron con las cosas del té: «Nada cambia». Y luego, en el término de tres segundos y medio, todo había cambiado: se había roto el tobillo, se había enamorado, se había casado con Shelmerdine.
Para demostrarlo, ahí estaba el anillo en su dedo. Es cierto que ella misma se lo había puesto, antes de encontrar a Shelmerdine, pero eso había resultado menos que inútil. Ahora daba vueltas y vueltas al anillo con respeto supersticioso, cuidando de que no resbalara de la articulación.
—El anillo de boda debe usarse en el tercer dedo de la mano izquierda —dijo, como una niña que cautelosamente repite su lección—, porque, si no, no sirve para nada.