Orlando
Orlando Juntos corrieron por los bosques y el viento les tiraba hojas mientras corrían; juntos atravesaron el gran patio y los patiecitos, asustando a la servidumbre que dejaba sus cacerolas y escobas para seguirlos: juntos llegaron a la Capilla, y ahí encendieron un desorden de luces, y por aquí algún banco se fue al suelo, y por allá despabilaron un candelabro. Tocaron las campanas. Congregaron gente. Ahí estaba, al fin, Mr. Dupper arreglándose la corbata blanca y preguntando dónde estaba el libro de oraciones. Y le plantaron el libro de oraciones de la Reina María y volvió las páginas febrilmente, y dijo: «Marmaduke Bonthrop Shelmerdine y Lady Orlando, arrodíllense», y se arrodillaron los dos, y de pronto se iluminaban y de pronto estaban en sombra según el vaivén de luz y de sombra por los vitrales; y entre el golpearse de innumerables puertas y un fragor como de vajillas chocando, tocó el órgano, y su rugido resonaba fuerte o débil alternativamente, y Mr. Dupper, que ya era un anciano, trató de levantar su voz sobre el tumulto y no consiguió que lo oyeran, y luego todo se aquietó un momento, y una palabra —tal vez «las fauces de la muerte»— se oyó bien clara, mientras la servidumbre entera se agolpaba con horquillas y fustas en los puños y algunos cantaban a gritos, y otros rezaban, y un pájaro se aplastó contra un vidrio, y retumbó un trueno, de modo que nadie oyó la palabra «obedezcan», ni vio, salvo en un brillo de oro, el anillo pasar de una mano a otra. Todo era movimiento y confusión. Se levantaron entre el clamor del órgano y el temblor de los rayos y la lluvia a torrentes, y Lady Orlando, con un anillo en el dedo, salió al patio con un tenue traje y sostuvo el estribo que oscilaba, porque el caballo estaba ensillado, y con la espuma todavía en el anca, para que lo montara su esposo, y él lo montó de un salto, y el caballo se encabritó y Orlando allí parada gritó: ¡Marmaduke Bonthrop Shelmerdine!, y él contestó: ¡Orlando!, y las palabras ascendieron y giraron entre los campanarios como halcones salvajes, cada vez con mayor velocidad, con mayor altura, con mayor vértigo, hasta que se estrellaron hechas trizas contra la tierra; y entonces ella entró.