Orlando

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Favila, la siguiente, era muy distinta. Era hija de un hidalgo pobre de Somersetshire; y a pura insistencia y juego de ojos, había penetrado en la Corte, donde su buena equitación, sus finos tobillos y su gracia en el baile eran la admiración general. Una vez, sin embargo, tuvo la mala idea de azotar un perro faldero que había desgarrado una de sus medias de seda (y en justicia debemos declarar que Favila tenía muy pocas medias y ésas, en su mayoría, de lana) y de dejarlo medio muerto bajo la ventana de Orlando. Orlando, que tenía pasión por los animales, advirtió entonces que Favila tenía los dientes torcidos, y los dos delanteros hacia atrás; indicio inequívoco, según él, de un carácter cruel y perverso. Esa misma noche rompió para siempre el compromiso.










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