Orlando
Orlando A pesar de sus méritos, este procedimiento biográfico es tal vez un poco árido y, si lo adoptamos para siempre, el lector puede alegar que él es muy capaz de recitar el almanaque sin nuestra ayuda y de ahorrar el dinero que la Hogarth Press cobra por este libro. Pero ¿qué otro recurso le queda al biógrafo abandonado por su héroe en el trance en que ahora Orlando nos abandona? La vida, según convienen todos aquellos cuya opinión vale algo, es el único tema digno del novelista o del biógrafo; la vida, según esas mismas autoridades, nada tiene que ver con estar sentada en una silla, pensando. El pensamiento y la vida son polos opuestos. Por consiguiente —ya que sentarse en una silla y pensar es precisamente lo que ahora hace Orlando—, sólo podemos recitar el almanaque, rezar el rosario, sonarnos las narices, atizar el fuego y mirar por la ventana, hasta que haya concluido. Orlando estaba tan quieta que se hubiera oÃdo la caÃda de un alfiler. ¡Ojalá hubiera caÃdo un alfiler! Siempre eso hubiera sido alguna vida. O si una mariposa hubiera entrado por la ventana y se hubiera posado en su silla, uno podrÃa escribir sobre eso. O si se hubiera levantado a matar una avispa. Ya podrÃamos empuñar la pluma y escribir. Ya habrÃa una efusión de sangre, aunque de sangre de avispa. Donde hay sangre hay vida. Y aunque matar una avispa es una bagatela en comparación con matar a un hombre, es, sin embargo, un tema mejor para el novelista o el biógrafo que este mero dejarse vivir, este repensar, este inmovilizarse en una silla dÃa tras dÃa, con un cigarrillo y una hoja de papel, y una pluma y un tintero. ¡Ah, si los héroes —podrÃamos exclamar (porque se nos está gastando la paciencia)— tuvieran más consideración por sus biógrafos! Nada más desesperante que ver a un personaje, a quien hemos prodigado tanto tiempo y trabajo, escurrirse del todo de nuestro alcance —lo testimonian sus lamentos y suspiros, sus rubores, sus palideces, sus ojos claros como lámparas, o cansados como albas—, nada más humillante que presenciar esta pantomina de emoción y de excitación cuando sabemos que su causa —el pensamiento y la fantasÃa— carece de toda importancia.