Orlando
Orlando Pero Orlando era una mujer —Lord Palmerston acaba de probarlo. Y al escribir la vida de una mujer, podemos, ya se sabe, sustituir la exigencia de la acción por la del amor. El amor, lo ha dicho el poeta, es toda la vida de la mujer. Basta echar una mirada a Orlando, escribiendo en su mesa, para admitir que nunca hubo mujer con más aptitudes para ese papel. Seguramente, ya que es una mujer, una mujer hermosa, una mujer en su plenitud, pronto abandonará este simulacro de escribir y pensar y pensará en un guardabosque, aunque sea (y con tal que piense en un hombre, a nadie le parece mal que una mujer piense). Y luego le escribirá una esquelita (y con tal que escriba esquelitas, a nadie le parece mal que una mujer escriba), y lo citará para el domingo al atardecer y vendrá al atardecer del domingo, y el guardabosque silbará bajo su ventana —lo cual, naturalmente, constituye la esencia de la vida y el único tema de la literatura. ¡No me vengan ahora con que Orlando no hizo una sola de esas cosas! Ay de mà —una y mil veces ay de m×, nada de eso hizo Orlando. ¿Tendremos que admitir que Orlando era uno de esos monstruos de iniquidad, que desconocen el amor? Era bondadosa con los perros, fiel a sus amigos, la generosidad en persona para muchos poetas muertos de hambre, tenÃa la pasión de la poesÃa. Pero el amor —según lo definen los novelistas de género masculino —¿y quién, después de todo, tiene mayor autoridad?— nada tiene que ver con la bondad, la fidelidad, la generosidad o la poesÃa. El amor es quitarse las enaguas y… Pero todos sabemos lo que es amor. ¿Hizo eso Orlando? La verdad nos compele a decir que no, que no lo hizo. Por consiguiente, si la heroÃna de nuestra biografÃa no se resuelve ni a matar, ni a querer, sino a pensar e imaginar, podemos deducir que no es otra cosa que un cuerpo muerto y abandonarla…