Orlando
Orlando Habiendo interrogado al hombre y al pájaro y a los insectos (porque los peces, cuentan los hombres que para oÃrlos hablar han vivido años de años en la soledad de verdes cavernas, nunca, nunca lo dicen, y tal vez lo saben por eso mismo), habiendo interrogado a todos ellos sin volvernos más sabios, sino más viejos y más frÃos —porque, ¿no hemos, acaso, implorado el don de aprisionar en un libro algo tan raro y tan extraño, que uno estuviera listo a jurar que era el sentido de la vida?—, fuerza es retroceder y decir directamente al lector que espera todo trémulo escuchar qué cosa es la vida: ¡ay!, no lo sabemos.
En ese mismo instante, justo a tiempo para salvar de la aniquilación este libro, Orlando apartó su silla, estiró los brazos, dejó caer la pluma, fue a la ventana y exclamó:
—Listo.
Casi la derribó la extraordinaria escena que encontraron sus ojos. Ahà estaba el jardÃn y algunos pájaros. El mundo proseguÃa como siempre. Mientras ella escribÃa, el mundo habÃa continuado. Exclamó:
—¡Si yo me hubiera muerto, hubiera sido lo mismo!