Orlando
Orlando Tan intenso fue su sentir que alcanzó a imaginar que ya había padecido su corrupción, y sufrió tal vez un vahído. Se quedó un instante mirando con ojos azorados el hermoso espectáculo indiferente. Al fin se reanimó de un modo singular. El manuscrito, que yacía sobre su corazón, empezó a latir y a agitarse, como si fuera vivo, y (rasgo más raro e indicio de la fina simpatía que había entre los dos) a Orlando le bastó inclinarse para entender lo que decía. Quería que lo leyeran. Exigía que lo leyeran. Era capaz de morírsele sobre el pecho si no lo leían. Por primera vez en su vida, Orlando se rebeló contra la naturaleza. Había a su alrededor profusión de dogos y de cercos de rosas. Pero ni los dogos, ni los cercos de rosas pueden leer. Esa lamentable imprevisión de la Providencia nunca la había impresionado. Sólo los seres humanos tienen ese don. Los seres humanos eran imprescindibles. Llamó. Pidió el carruaje que la llevara a Londres en el acto.