Orlando
Orlando —Justo a tiempo para alcanzar el tren de las once y cuarenta y cinco, señora —dijo Basket. Orlando no había percibido aún la invención de la locomotora, pero tan absorta estaba en los padecimientos de un ser, que aunque no era ella misma, dependía enteramente de ella, que por primera vez vio un tren, tomó asiento en un vagón de ferrocarril y se envolvió las piernas en una manta, sin reparar siquiera en «esa invención estupenda que (dicen los historiadores) alteró por completo la faz de Europa en los últimos veinte años»: hecho harto más frecuente de lo que los historiadores suponen. Sólo notó que era muy sucia, que chirriaba de un modo horrible y que las ventanillas no funcionaban. Absorta, fue arrebatada a Londres en menos de una hora y abandonada en el andén de Charing Cross, sin saber adónde ir.