Orlando
Orlando La casa vieja de Blackfriars, donde tan lindos dÃas habÃa pasado en el siglo dieciocho, habÃa sido vendida, parte al Ejército de Salvación, parte a una fábrica de paraguas. Orlando habÃa comprado otra en Mayfair que era cómoda, higiénica, en el corazón del mundo elegante. ¿Pero serÃa acaso en Mayfair donde el poema realizarÃa su deseo? Ojalá, pensó, recordando los ojos brillantes de las damas, y las piernas simétricas de los señores, que ahà no les haya dado por leer. SerÃa una gran lástima. HabÃa también lo de Lady R. Sin duda, siempre estarÃan diciendo las mismas cosas. Tal vez la gota del General se habÃa mudado de la pierna izquierda a la pierna derecha. El señor L. habÃa pasado diez dÃas en lo de R. y no en lo de T. En cualquier momento entrarÃa Mr. Pope. ¡Ah!, pero Mr. Pope habÃa muerto. ¿Quiénes serÃan ahora los hombres de ingenio?, pensó —pero ésa no era una pregunta de las que un changador puede contestar, y siguió adelante. Ahora enloquecÃa sus oÃdos el tintineo de campanillas innumerables en las testeras de innumerables caballos. Ejércitos de cajoncitos con ruedas se alineaban junto a la acera. Caminó hasta el Strand. Ahà era más intolerable el estruendo. HabÃa una confusión inextricable de vehÃculos de todos tamaños, tirados por caballos de sangre y por percherones, transportando a una dama solitaria o llenos hasta el tope de hombres de patillas y sombreros de copa. A sus ojos, por tanto tiempo acostumbrados a una hoja simple de papel de escribir, los carruajes, los carros y los ómnibus parecÃan estar en pugna; a sus oÃdos, templados al rasgar de la pluma, el estrépito callejero parecÃa violenta y atrozmente cacofónico. Cada pulgada del pavimento estaba repleta. RÃos de gente, abriéndose camino con agilidad increÃble entre sus propios cuerpos y las torpezas y barquinazos del tráfico, fluÃan sin cesar del este y del oeste. En el cordón de la vereda habÃa hombres que vociferaban, extendiendo bandejas de juguetes.