Orlando
Orlando Anduvo sin pensar por una calle y por otra, ante escaparates abarrotados de valijas de mano, y espejos y bastones y flores y cañas de pescar y canastas de picnic; con telas de todos los matices y dibujos, gruesas, diáfanas, desplegadas y suspendidas y ablullonadas de un lado a otro. A veces, recorría avenidas de residencias quietas, sobriamente numeradas 1,2, 3 y así hasta 200 o 300, cada una igual a la otra, con dos pilares y seis escalones y un par de cortinas cuidadosamente recogidas y almuerzos servidos para toda la familia, y un loro asomándose a una ventana y un sirviente a otra; hasta que la mareó tanta monotonía. Luego llegaba a grandes plazas con estatuas negras, lustrosas y abotonadas de hombres obreros, en el centro, y caballos de guerra encabritados, y columnas irguiéndose y surtidores jugando y palomas revoloteando. Así caminó y caminó por veredas entre casas, hasta que sintió mucha hambre, y algo que se agitaba sobre su corazón le reprochó el haberlo olvidado. Era su manuscrito: «La Encina».