Orlando

Orlando

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La dejó alelada su negligencia. Se detuvo de golpe. No había un solo coche a la vista. La calle, que era ancha y hermosa, estaba extrañamente vacía. Sólo se aproximaba un señor de edad. Había algo familiar en su andar. Al acercarse, Orlando tuvo la seguridad de haberlo visto en alguna parte. ¿Pero dónde? ¿Sería posible que este caballero tan pulcro, tan imponente, tan próspero, con un bastón en la mano, y una flor en el ojal, con una cara llena, rosada, y bigotes blancos peinados fuera —sí por Dios, era— su viejo, su muy viejo amigo Nick Greene?

Simultáneamente la miró, la recordó, la reconoció.

—Lady Orlando —exclamó, casi barriendo el suelo con su sombrero de copa.

—¡Sir Nicholas! —exclamó ella. Porque algo en su porte le permitió advinar que el crapuloso escritor de alquiler, que la había difamado a ella y a tantos otros en tiempos de la Reina Isabel, había adelantado en el mundo y era sin duda un Baronet y una docena de otras cosas honrosas.

Con otra reverencia, Greene corroboró que su hipótesis era justa: era Baronet, era doctor en letras, era Profesor. Era autor de veinte volúmenes. Era, en una palabra, el crítico más respetado de la época victoriana.


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