Orlando

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Al encontrarse con el hombre que la había atormentado hace tantos años, la conmovió un tumulto de emociones. ¿Sería éste el insoportable individuo que le había quemado las alfombras y tostado queso en la chimenea italiana y referido tan alegres historias de Marlowe y de los demás que habían trasnochado hasta el alba nueve noches en diez?

Ahora estaba esmeradamente vestido con un traje gris de mañana, con una flor rosada en el ojal y guantes grises de piel de Suecia haciendo juego. Ella no salía de su asombro y él hizo otra gran reverencia, y le solicitó el honor de almorzar con él. La reverencia era tal vez un poco excesiva pero la imitación de buena crianza podía pasar. Lo siguió, azorada, a un espléndido restaurant, todo felpa roja, manteles blancos y aceiteras de plata, lo más diferente posible de la vieja taberna o casa de café con su piso enarenado, sus bancos de madera, sus tazones de ponche y chocolate, y sus salivaderas. Sobre la mesa, a su lado, puso cuidadosamente los guantes. A Orlando le costaba creer que fuera la misma persona. Tenía las uñas limpias, antes medían una pulgada. Tenía el mentón rasurado; antes asomaba una barba negra. Usaba gemelos de oro; antes las mangas en jirones se le metían en el caldo.

No se convenció que era el mismo hasta que eligió los vinos, acto que efectuó con un cuidado que le recordó su antigua preferencia por el Malvasía.


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