Orlando
Orlando »No mi querida señora —continuĂł, aprobando el rodaballo gratinado que el mozo proponĂa a su sanciĂłn—, los grandes dĂas ya pasaron. Vivimos en tiempos degenerados. Debemos venerar el pasado y honrar a aquellos escritores —todavĂa quedan algunos— que toman por modelo la antigĂĽedad y escriben no por dinero, sino por —AquĂ Orlando casi gritĂł “¡Glor!”. PodĂa jurar que habĂa escuchado las mismas palabras trescientos años antes. Los nombres, por supuesto, eran otros, pero el espĂritu era el mismo. Nick Greene no habĂa cambiado pese a su baronĂa. Sin embargo, habĂa un cambio. Mientras Ă©l exponĂa las ventajas de modelar su estilo sobre el de Addison (antes habĂa sido el de CicerĂłn) y de pasarse las mañanas en cama (Orlando se enorgullecĂa de pensar que su pensiĂłn quincenal le pagaba ese lujo), saboreando las mejores obras de los mejores autores por una hora entera, a lo menos, antes de aventurar la pluma sobre el papel, para corregir de algĂşn modo la vulgaridad de la Ă©poca y la condiciĂłn deplorable de nuestro idioma (Orlando creyĂł oĂrle decir que Ă©l habĂa vivido en AmĂ©rica), mientras Ă©l se explayaba más o menos como se habĂa explayado Nick Greene hace trescientos años, tuvo tiempo de preguntarse en quĂ© residĂa la diferencia. HabĂa engordado; pero era un hombre que frisaba en los setenta. Se habĂa pulido: la literatura era una carrera prĂłspera, pero la antigua inquieta vivacidad se habĂa extinguido. Los cuentos, a pesar de su brillo, no eran tan espontáneos como antes. Es cierto que repetĂa a cada rato “mi querido amigo Pope” o “mi ilustre amigo Addison”, pero su decencia acababa por deprimir y era evidente que preferĂa relatar los hechos y palabras de las personas de la misma sangre de Orlando a contarle, como antes, chismes de los poetas.