Orlando
Orlando Orlando padeció un desencanto inexplicable. Todos esos años había imaginado que la literatura —sírvanle de disculpa su reclusión, su rango y su sexo— era algo libre como el viento, cálido como el fuego, veloz como el rayo: algo inestable, imprescindible y abrupto, y he aquí que la literatura era un señor de edad vestido de gris hablando de duquesas. La desilusión fue tan grande que uno de los botones o broches que sujetaba la parte superior de su traje se reventó y dejó caer sobre la mesa «La Encina», un poema.
—Un manuscrito. —Dijo Sir Nicholas, poniéndose los lentes de oro—. Qué interesante, qué excesivamente interesante. ¿Me permite verlo? —Y de nuevo, después de un intervalo de unos trescientos años, Nick Greene tomó el poema y entre las tacitas de café y las copas de licor empezó a leerlo. Pero ahora su veredicto fue muy distinto. Le recordaba, dijo al volver las páginas, el «Catón» de Addison. Se le podía comparar ventajosamente con las «Estaciones» de Thompson. Ningún rastro en él, alabado sea Dios, del espíritu moderno. Estaba compuesto con un respeto de la verdad, de la naturaleza, de los dictados del corazón humano, que era rarísimo, realmente, en estos días de inescrupulosa excentricidad. Por supuesto, había que publicarlo en el acto.