Orlando
Orlando —¿Y los derechos de autor? —preguntó. Explicó luego que los señores Tal y Tal (mencionó una casa editora conocidÃsima) estarÃan encantados, si se les escribiera una lÃnea, de incluir el libro en su catálogo. PodrÃa fijar sus derechos de autor en un diez por ciento sobre todos los ejemplares vendidos hasta dos mil; en los posteriores quince por ciento. En cuanto a los crÃticos, él mismo escribirÃa unas palabras al señor N. N., que era el más influyente; un cumplido —digamos, un breve elogio de sus propios poemas— dirigido a la esposa del director del X. X., nunca estaba de más. HarÃa una visita a D. Asà prosiguió. Orlando no comprendió ni una palabra, y su experiencia la llevó a desconfiar de su buena fe, pero no le quedaba otro remedio que someterse a su voluntad y al ferviente deseo de su poema. Sir Nicholas hizo un pulcro paquete con el manuscrito ensangrentado; lo acható en su bolsillo interior, para que no desfigurara la calda de su levita; y con infinitos cumplidos por ambas partes, se separaron. Orlando remontó la calle. Ahora que el poema estaba lejos —y sentÃa un lugar vacÃo en el pecho donde habÃa solido llevarlo— quedaba libre de meditar en lo que quisiera: tal vez en los azares maravillosos del destino humano. Ahà estaba ella en St. James’s Street, mujer casada, con su anillo en el dedo; habÃa un restaurant donde antes hubo una taberna; eran las tres y media de la tarde; brillaba el sol; habÃa tres palomas; un perro cuzco; dos coches de alquiler y un lando. ¿Qué serÃa, pues, la Vida?