Orlando
Orlando La pregunta se le metió en la cabeza, abrupta, extemporáneamente (salvo que el viejo Greene, fuera, de algún modo, culpable). Y puede interpretarse como un comentario adverso o favorable, según quiera considerarlo el lector, sobre sus relaciones con su marido (que estaba en el Cabo de Hornos) que, en cuanto algo se le metÃa en la cabeza, Orlando iba derechito al correo más cercano y se lo telegrafiaba. Precisamente, habÃa oficina a la vuelta. «Dios mÃo Shel —telegrafió—, vida literatura Greene adulón» —aquà prosiguió en un lenguaje cifrado que habÃan inventado entre los dos, de suerte que un estado espiritual complejÃsimo podÃa transmitirse en una o dos palabras sin que el operador se enterara y agregó las palabras «Rátigan Glonfobú», que ya no dejaban lugar a duda. Porque no sólo los acontecimientos de la mañana la habÃan afectado hondamente, sino que es a todas luces notorio que Orlando estaba creciendo —lo que no significa absolutamente creciendo en sabidurÃa— y Rátigan Glonfobú describÃa un estado espiritual complejÃsimo: estado que el lector puede penetrar por su cuenta, si pone toda su inteligencia a nuestro servicio.