Orlando
Orlando Imposible obtener contestación antes de algunas horas; era muy probable, pensó, mirando el cielo, donde pasaban presurosas de altas nubes, que hubiera un temporal en el Cabo de Hornos, y que su marido estuviera en el palo mayor, o hachando una arboladura hecha trizas, o solo en un bote con una galleta. Dejó, por consiguiente, el correo, y entró para distraerse en la tienda vecina, que era una tienda tan común actualmente que no requiere descripción, aunque a sus ojos fuera rarísima: una tienda que vendía libros. Toda su vida Orlando había manejado manuscritos: había tenido en las manos las ásperas hojas oscuras llenas de las patas de moscas de Spenser; había visto la escritura de Shakespeare y la de Milton. Poseía, es verdad, un buen número de incuartos e infolios, a veces con un soneto laudatorio, a veces con un rizo de cabello. Pero esos innumerables libritos pulidos, idénticos, efímeros, porque parecían encuadernados en cartón e impresos en papel de seda, le sorprendieron infinitamente. Las obras completas de Shakespeare sólo costaban media corona y se podían guardar en el bolsillo. Casi no se podían leer, es verdad, la letra era tan chica, pero no dejaba de ser una maravilla. «Obras» —las obras de cuanto escritor ella había conocido u oído nombrar y de muchos más, inundaban los largos anaqueles de punta a punta. Sobre las mesas y las sillas había más «obras» apiladas y confundidas, y Orlando comprobó, volviendo una página o dos, que generalmente eran «obras» sobre otras «obras» firmadas por Sir Nicholas y una veintena de otros, que ella imaginó, en su ignorancia, grandísimos escritores, ya que los imprimían y encuadernaban. Absurdamente encargó al librero que le remitiera todo lo que fuera importante, y salió a la calle.