Orlando

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Se internó en Hyde Park, que ya conocía de tiempo atrás (bajo ese tronco que se bifurcaba, recordó, el Duque de Hamilton había caído atravesado por el acero de Lord Mohn), y sus labios, que tan culpables suelen ser, dieron en transformar las palabras de su telegrama en un disparatado sonsonete: vida literatura Greene adulón Rátigan Glonfobú: hasta que varios guardianes del parque la miraron con desconfianza y sólo se inclinaron a una benévola opinión de sus facultades mentales al advertir el collar de perlas que usaba. Había traído de la tienda un rollo de periódicos y de revistas literarias, y tirada bajo un árbol, apoyada en el codo, desplegó esas páginas a su alrededor e hizo lo posible para sondear el arte nobilísimo de la prosa, según lo practicaban esos maestros. Porque el viejo candor no había muerto en ella: hasta la tipografía turbia de un semanario conservaba una especie de santidad. Leyó así, apoyada en el codo, un artículo de Sir Nicholas sobre las obras completas de un hombre que ella había conocido: John Donne. Pero se había ubicado, sin saberlo, no lejos del Serpentine. En sus oídos resonaba el ladrar de mil perros. Ruedas de carruaje giraban incesantemente en un solo círculo. Arriba suspiraban las hojas. A veces una falda bordada y unos ajustados pantalones color punzó atravesaban el césped a pocos pasos de distancia. Una gigantesca pelota de goma rebotó contra el diario. Violetas, anaranjados, rojos y azules cruzaban los intersticios de las hojas y rebrillaban en la esmeralda de su dedo. Leyó una frase y levantó los ojos al cielo; levantó los ojos al cielo y los bajó al diario. ¿La Literatura? ¿La Vida? ¿Convertir la una en la otra? ¡Qué monstruosamente difícil! Pues —ahora pasaban unos ajustados pantalones color punzó, ¿cómo los hubiera expresado Addison? Ahora pasaban dos perros bailando en las patas traseras, ¿cómo los hubiera expresado Lamb? Porque leyendo a Sir Nicholas y a sus amigos (como lo hacía ella en los intervalos de mirar a su alrededor), tuvo la sensación —aquí se levantó y caminó —era una sensación de lo más incómoda— de que uno nunca, nunca, debía decir lo que pensaba. (Estaba en las riberas del Serpentine. Su tono era bronceado; barquitos endebles como arañas se escurrían de un lado a otro). Le daban la sensación, prosiguió, de que uno siempre, siempre, debía escribir como otra persona. (Los ojos se le llenaron de lágrimas). Porque realmente, pensó, impulsando un barquito con la punta del pie, yo no sería capaz (aquí el artículo íntegro de Sir Nicholas se le apareció como aparecen los artículos, a los diez minutos de leerlos, con una vista de su cuarto, de su casa, de su gato, de su escritorio y de la hora del día, agregada), yo no sería capaz, continuó, considerando el artículo desde este punto de vista, de estar sentada en una biblioteca, no es una biblioteca, es una especie de salón carcomido, el día entero, conversando con muchachitos y refiriéndoles pequeñas anécdotas, que ellos no deben repetir, sobre lo que Tupper dijo de Smiles; y además, continuó, llorando amargamente, todos son tan varoniles, y además, aborrezco a las duquesas; y no me gusta el bizcochuelo; y aunque no me falta rencor nunca podría ser tan rencorosa, y entonces, ¿cómo llegaré a ser un crítico y escribir la mejor prosa inglesa de mi tiempo? ¡Que se vaya todo al infierno!, exclamó, impulsando un vaporcito con tal vigor que la pobre embarcación casi naufragó en las olas bronceadas.


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