Orlando
Orlando Lo cierto es que cuando uno ha estado con luna (como dicen las niñeras) —y aún habÃa lágrimas en los ojos de Orlando— la cosa que miramos no es la misma, sino otra cosa, que es mayor y mucho más imponente y sin embargo es la misma cosa. Si uno está con luna y mira el Serpentine, poco tardan las olas en ser tan grandes como las olas del Atlántico: los barcos de juguete no se diferencian de los paquebotes. Orlando tomó el barco de juguete por el bergantÃn de su marido, y la ola que hizo con el pie por una montaña de agua en el Cabo de Hornos; y al observar el buque de juguete en el agua estremecida, le pareció ver el bergantÃn de Bonthrop trepar y retrepar un muro vidrioso; subÃa y subÃa, y una cresta blanca con mil muertes adentro se enarcó encima y el bergantÃn se hundió en las mil muertes y desapareció —«¡Ha naufragado!», gritó como si se muriera— y luego resurgió sana y salva entre los patos del otro lado del Atlántico.
«¡Éxtasis! —gritó—: ¡Éxtasis! ¿Dónde estará el correo? —pensó—. Debo telegrafiarle a Shel en seguida y contarle…». Y repitiendo alternativamente «Un buque de juguete en el Serpentine» y «Éxtasis» (porque las dos ideas eran iguales y querÃan decir exactamente lo mismo) apuró el paso hacia Park Lane.