Orlando

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«Un buque de juguete, un buque de juguete, un buque de juguete», repetía, obligándose a reconocer que no son artículos de Nick Greene sobre John Donne, ni jornadas de ocho horas, ni convenios, ni legislaciones febriles, lo que importa, sino algo útil, vehemente, brusco; algo que cueste la vida; rojo, morado, azul; una exhalación, un chapuzón, como aquellos jacintos (acaba de orillar un lindo cantero); algo libre de tachas, de servidumbre, de contaminación humana o ansiedad por sus semejantes, algo temerario, ridículo, como mi jacinto, quiero decir mi esposo, Bonthrop: eso no más importa —un buque de juguete en el Serpentine, éxtasis—, lo que importa es el éxtasis. Decía esas cosas en voz alta, esperando que los carruajes la dejaran cruzar en Stanhope Gate, pues una consecuencia de no vivir con su marido, salvo cuando el viento descansa, es decir disparates en voz alta en pleno Park Lane. Otra cosa habría sido si hubiera vivido con él todo el año, como aconsejaba la Reina Victoria.

El hecho es que su recuerdo la solía acometer como un relámpago. Sentía la absoluta necesidad de hablar inmediatamente con él. No le importaba en lo más mínimo que eso resultara disparatado, que eso dislocara el relato. El artículo de Nick Greene la había sumido en los abismos de la desesperación; el buque de juguete la elevó a las cumbres del gozo. Repetía: «Éxtasis, éxtasis», aguardando el momento de cruzar.


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