Orlando

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Pero en esa tarde de primavera era incesante el tráfico y la tenía parada repitiendo: «Éxtasis, éxtasis», o «Un buque de juguete en el Serpentine», mientras la opulencia y el poderío de Inglaterra estaban instalados como esculpidos, de sombrero y abrigo, en carruajes de cuatro caballos, victorias, cabriolés y landos. Era como si un río de oro se hubiera congelado y agrupado en bloques de oro a lo largo de Park Lane. Las damas tenían tarjeteros entre los dedos; los caballeros balanceaban bastones de puño de oro entre las rodillas. Se quedó mirando, admirando, despavorida. Un solo pensamiento la inquietó, un pensamiento familiar a todos aquellos que miran grandes elefantes, o ballenas de un tamaño increíble: el problema de cómo esos leviatanes a quienes tanto debe repugnar el esfuerzo, el cambio y la actividad, propagan su especie. Tal vez, pensó Orlando, viendo las caras majestuosas y quietas, la hora de su propagación ha pasado: éste es el fruto, ésta la culminación. Lo que ahora veía era el triunfo de una época. Ahí estaban, imponentes y espléndidos. Pero ya el agente bajaba la mano; el río se hizo líquido; la sólida aglomeración de objetos espléndidos tembló, se dispersó y desapareció en Piccadilly.

Orlando atravesó Park Lane y fue a su casa de Curzon Street, donde la fragancia de la ulmaria le solía traer el recuerdo del reclamo del chorlo y de un hombre muy viejo con un fusil.


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