Orlando
Orlando Recordaba, pensó, al pisar el umbral de su casa, cómo Lord Chesterfield habÃa dicho —pero ahà se detuvo su memoria. Su discreto hall siglo dieciocho, donde le parecÃa ver a Lord Chesterfield dejando aquà su sombrero y allá su abrigo, con una elegancia de ademanes que daba gusto mirar, estaba abarrotado de paquetes. Mientras ella estaba en Hyde Park, el librero habÃa remitido su compra, y la casa estaba repleta —habÃa paquetes rodando por la escalera— de toda la literatura Victoriana envuelta en papel madera y cuidadosamente atada con piolÃn. Subió a su pieza todos los paquetes que pudo, ordenó a los lacayos que subieran los otros, y cortando rápidamente innumerables piolas, pronto se vio rodeada por innumerables volúmenes.
Habituada a las breves literaturas de los siglos XVI, XVII y XVIII, Orlando quedó abrumada ante los resultados de su encargo. Por supuesto, para los Victorianos la literatura Victoriana comprendÃa no sólo cuatro grandes nombres náufragos y anegados, en una masa de Alexanders, Smiths, Dixons, Blacks, Milmans, Buckles, Taines, Paynes, Tuppers, Jamersons —todos vocales, clamorosos, prominentes, y exigiendo tanta admiración como el que más. El respeto de Orlando por lo impreso le imponÃa una difÃcil tarea, pero acercando su silla a la ventana para aprovechar la poca luz que se filtraba entre las altas casas de Mayfair, intentó llegar a una conclusión.