Orlando

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Es evidente que no hay más que dos modos de llegar a una conclusión sobre la literatura Victoriana: uno, escribirla en sesenta volúmenes en octavo, otra, resumirla en seis líneas del largo de ésta. De los dos métodos, la economía nos impulsa a elegir el segundo, y así lo haremos. Orlando llegó a la conclusión (hojeando media docena de libros), de que era rarísimo que ninguno de ellos estuviera dedicado a un aristócrata; luego (examinando un alto de memorias), que muchos de esos escritores poseían árboles genealógicos casi tan viejos como el suyo; luego, que sería de lo más imprudente envolver un billete de diez libras en las tenacillas del azúcar cuando Miss Christina Rossetti viniera a tomar té; luego (había media docena de invitaciones a banquetes para celebrar centenarios), que si la literatura devoraba tantos banquetes, ya estaría muy corpulenta: luego (la invitaban a una veintena de conferencias sobre la influencia de esto sobre lo otro: el renacimiento clásico, la supervivencia romántica y otros títulos no menos encantadores), que si la literatura escuchaba esas conferencias tenía que estar aburridísima; luego (aquí asistía a una recepción dada por la señora de un par del Reino), que si la literatura usaba todas esas estolas de piel tenía que ser de lo más correcto; luego (aquí visitó el cuarto a prueba de ruidos de Carlyle), que si el genio necesitaba de tantos mimos, tenía que ser muy delicado; y así acabó por alcanzar su conclusión final, que era de la mayor importancia, pero que omitiremos, pues ya hemos excedido nuestro límite original de seis líneas.


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