Orlando

Orlando

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Después de llegar a esta conclusión, Orlando se quedó un buen rato mirando por la ventana. Haber llegado a una conclusión es como haber lanzado la pelota sobre la red, y esperar que el invisible contendor la devuelva. ¿Qué le devolvería, ahora, el incoloro cielo sobre Chesterfield House? Con las manos cruzadas, se quedó un buen rato pensando. Se estremeció de pronto —y sólo podemos desear que la Modestia, la Pureza y la Castidad vuelvan a abrir la puerta y a darnos un respiro, siquiera, para buscar el modo más delicado de referir lo que ahora debe ser referido. ¡Pero no! Después de arropar sus blancas vestiduras a la desnuda Orlando y de errarle por algunas pulgadas, hacía muchos años que esas damas habían roto toda relación con ella; y ahora tenían otra cosa que hacer. ¿Nada, entonces, va a acontecer esta mañana pálida de marzo para mitigar, para velar, para cubrir, para ocultar, para amortajar este suceso irrefutable? Porque Orlando, después de su sobresalto —pero alabado sea Dios, en ese instante se animó uno de aquellos organitos endebles, huecos, aflautados, antiguallos y desparejos que los organilleros italianos suelen tocar en las calles sin tránsito.





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