Orlando
Orlando Aceptemos la intervención por humilde que sea, como si fuera la música de los astros, y permÃtasele poblar de sonido esta página, con todos sus jadeos y quejumbres, hasta el advenimiento de aquel instante cuya venida es imposible negar; que el sirviente ha visto acercarse y la doncella; que pronto habrá de ver el lector, porque la misma Orlando ya es incapaz de disimularlo —que suene el organillo y nos arrebate en el pensamiento, que no es más que un barquito, cuando suena la música, mecido por las olas; en el pensamiento, que es el más zurdo y extravagante de todos los transportes, sobre las azoteas y las puertas, donde hay ropa tendida, hasta— ¿dónde estamos ahora? ¿Reconocen el Prado y en el medio el campanario, y los portones con dos leones dormidos? SÃ, es Kew. Bueno, que sea Kew. Aquà estamos en Kew, y veremos hoy mismo (el dÃa dos de marzo) una vara de jacinto bajo el ciruelo, y un azafrán, y también un brote en el almendro; de suerte que caminar ahà es estar pensando en bulbos rojos y vellosos, entregados a la tierra en octubre; y que ahora florecen; y soñar en más de lo que se puede decir, y sacar un cigarrillo de la cigarrera o hasta un cigarro y extender bajo el roble (según el ripio lo requiere) una capa noble, y sentarse a esperar el martÃn pescador, que, según dicen, atravesó una tarde de orilla a orilla.
¡Esperen! ¡Esperen! Viene ya el martÃn pescador; el martÃn pescador ya no viene.