Orlando
Orlando Miremos, mientras tanto, las chimeneas de las fábricas, y su humo; miremos a los empleados de banco pasando como una exhalación en sus coches. Miremos a la señora de edad llevando a su perro a dar un paseo, y a la sirvienta estrenando un sombrero, mal colocado. Mirémoslos a todos, aunque el Cielo ha dispuesto piadosamente que los secretos de todos los corazones estén ocultos, de modo que siempre nos inducen a la sospecha de algo que no existe, tal vez; vemos flamear y arder (a través del humo de nuestro cigarrillo) la espléndida consumación de deseos naturales, por un sombrero, por un bote, por una rata en una zanja; como hace tiempo vimos flamear —qué brincos y qué omisiones las de la mente cuando se chorrea toda en el plato y toca el organillo—, vimos flamear, decimos, un fuego sobre un fondo de minaretes cerca de Constantinopla.