Orlando

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¡Salve, deseo natural! ¡Salve, felicidad, divina felicidad y placeres de todas clases, flores y vino, aunque las unas se marchitan y el otro embriaga; y pasajes de recreo, para salir de Londres, el día domingo, y el cantar en una capilla oscura himnos fúnebres, y cualquier cosa, cualquier cosa, que interrumpa y confunda el martilleo de las máquinas de escribir y el envío de cartas y la forjadura de eslabones y de cadenas que unan todo el Imperio! Salve, groseros labios rojos y arqueados de las muchachas de tienda (como si Cupido, muy torpemente, hubiera mojado el pulgar en tinta roja y garabateado una señal al pasar), ¡salve, felicidad!, martín pescador que flameas de orilla a orilla, y tú también, consumación del deseo natural, ya sea lo que el novelista masculino dice que eres, o plegaria, o renunciación; salve bajo cualquier forma que vengas y ojalá haya más formas, y aún más extrañas. El río fluye oscuro y sin dueño —ojalá, según aconseja la rima, «como un sueño»; pero más turbio y peor es nuestro destino habitual—, sin sueños, pero vivo, satisfecho, fluido, común, bajo árboles cuya sombra de un verde oliva ahoga el ala azul del pájaro evanescente que se dispara como un dardo de ribera a ribera.




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