Orlando
Orlando Pero mientras el campo sufría una extrema indigencia, y el comercio del país estaba paralizado, Londres gozó de un Carnaval por demás brillante. La Corte estaba en Greenwich; y el nuevo rey aprovechó la oportunidad que su coronación le daba para congraciarse con los ciudadanos. A su costo, hizo barrer y decorar el río (que estaba helado hasta unos veinte pies de profundidad y una anchura de seis o de siete millas), y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria. Reservó para él y sus cortesanos un recinto frente a las puertas de Palacio; que, vedado al público por un cordón de seda, fue inmediatamente el centro de la más brillante sociedad de Inglaterra. Grandes hombres de Estado, con sus barbas y sus gorgueras, despachaban asuntos oficiales bajo el toldo carmesí de la Pagoda Real. En glorietas rayadas coronadas de plumas de avestruz, los militares concertaban la conquista del moro y la caída del turco. Los almirantes recorrían de arriba abajo los angostos senderos, telescopio en mano, barriendo el horizonte y refiriendo historias de los hielos boreales de América y de la Gran Armada. Los amantes se demoraban en los divanes tendidos de pieles de marta. Cataratas de rosas escarchadas se desprendían cuando paseaba la Reina con sus damas. En el aire se cernían, inmóviles, globos de colores. Aquí y allá ardían vastas fogatas de madera de cedro y de roble, profusamente salada, para que las llamas fueran de fuego verde, anaranjado, y purpúreo. Ardían ferozmente pero su calor no bastaba a derretir el hielo que, aunque de transparencia singular, tenía la dureza del acero. Era tan límpido que se veían, congelados a una profundidad de varios pies, aquí un puerco marino, allá un lenguado. Cardúmenes de anguilas yacían sin movimiento, y los filósofos perplejos se preguntaban si estaban muertas o si era una simple suspensión de vida que reanimaría el calor.